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Cuando rendirse no es una opción: La historia de esfuerzo de Valentín Obiang Ndong, lavacoches en Malabo

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Es lunes en Malabo. El barrio Jardín despierta con el ir y venir habitual de trabajadores, clientes y taxis que se detienen unos segundos frente al banco CCBANK. Entre ese tránsito cotidiano, casi invisible para muchos, hay una historia que merece ser contada. La protagoniza Valentín Obiang Ndong, un joven de 27 años, lavacoches, soltero, originario de ESANGUI ANVEIÑ distrito de Mongomo. Una historia sencilla, pero cargada de dignidad.

Valentín viste ropa de trabajo: gastada, funcional, honesta. No busca llamar la atención y, de hecho, la cámara le incomoda. La timidez se le nota en el gesto y en las pausas antes de responder. Sin embargo, cuando empieza a hablar de su día a día, la vergüenza cede terreno a la convicción. Habla con serenidad de su rutina, de lo que hace y de por qué lo hace. No hay discursos aprendidos ni frases grandilocuentes; hay verdad.

Su jornada es clara y constante. Trabaja de lunes a sábado, desde que el movimiento comienza hasta que el sol afloja. Su ingreso diario ronda los 10.000 francos CFA. No es una fortuna, pero es fruto de su esfuerzo.
Valentín no depende de nadie, no espera favores ni atajos. Su oficina es la calle; su herramienta, el agua, el jabón y sus manos. Limpia vehículos que no son suyos para sostener una vida que sí le pertenece.

Mientras conversamos, la realidad no se detiene. Un taxista se aproxima y solicita sus servicios. Valentín interrumpe la charla con naturalidad, como quien entiende que el trabajo no espera. El conductor, sin problema alguno, autoriza que se tomen unas fotografías.
La escena resume mucho más de lo que aparenta: confianza, respeto y la normalidad de un oficio que sostiene a una ciudad entera, aunque rara vez reciba aplausos.

Valentín lo dice sin rodeos: “No entiendo de vergüenza”. Y no lo dice con desafío, sino con claridad moral. Prefiere lavar coches antes que agredir, extorsionar o robar. En una época en la que algunos jóvenes, empujados por la frustración o la falta de oportunidades, eligen caminos peligrosos, su decisión es una declaración ética. Trabajar, aunque sea duro y poco reconocido, es para él una forma de resistencia.

Esta crónica no pretende idealizar la precariedad ni romantizar la necesidad. Nadie debería conformarse con sobrevivir a base de esfuerzos extremos. Pero sí es justo reconocer el valor del trabajo honrado y la fuerza interior que se necesita para levantarse cada día sin garantías, sin respaldo y sin excusas. Valentín no se presenta como víctima, sino como protagonista de su propio destino.

Su historia interpela, sobre todo, a su generación. En un contexto donde el éxito suele medirse por la visibilidad o el dinero rápido, Valentín ofrece otro parámetro: la constancia. No tiene a nadie que lo mantenga, no depende de influencias ni de promesas. Depende de sí mismo. Y eso, en sí mismo, ya es una forma de libertad.

Cuando se quiere, se puede, dice el refrán. Puede sonar gastado, pero cobra sentido cuando se mira de cerca a personas como Valentín Obiang Ndong. En su caso, rendirse no es una opción. No porque la vida sea fácil, sino precisamente porque no lo es. Su ejemplo no está en la épica, sino en lo cotidiano: en cada coche lavado, en cada lunes que empieza, en cada día que termina con la conciencia tranquila.

Tal vez mañana volvamos a pasar frente al CCBANK del barrio Jardín y no reparemos en él. Pero su historia seguirá ahí, recordándonos que la dignidad no siempre lleva traje, que el trabajo honesto también educa, y que hay héroes anónimos que, sin saberlo, sostienen la esperanza de toda una sociedad.

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