En Malabo, construir ya no es solo cuestión de ganas… es cuestión de bolsillo. Y uno bien profundo. Porque lo que está pasando con los precios de la madera no tiene nombre. O mejor dicho, sí lo tiene: abuso.
Si uno se da una vuelta por el mercado de Semu, se encuentra con una realidad que no necesita demasiada explicación. Basta mirar las caras. Gente que pregunta, calcula, suspira… y se va. Así, sin comprar.
Ahí está Ana, que lleva años vendiendo madera. De las que ya no se sorprenden fácilmente, pero aun así, esto le supera. “Mira,” dice señalando unas correas, “esto antes salía más barato. Ahora estamos hablando de entre 1700 y 2000. Y la gente ya no puede.” Pero lo que más duele viene de lejos. Literalmente. Porque mucha de la madera llega desde Bata, y según Ana, eso ya viene cargado de problemas… y de precios inflados.
“Las cerchas que vienen de Bata… eso ya es otro nivel,” suelta, casi riéndose por no llorar. “De 3.500 hasta 5.000 francos XFA. ¿Quién aguanta eso?”
Y esa es la pregunta del millón. ¿Quién lo aguanta?
Porque aquí no estamos hablando de caprichos. No es que la gente quiera construir mansiones. Es que necesitan arreglar sus casas, montar un pequeño negocio, cubrir un techo. Cosas básicas. Cosas de vida diaria.
Pero con estos precios, todo se complica. Todo se frena. Todo se queda en “ya veremos”.
Y mientras tanto, el mercado va por libre. Cada uno pone el precio que puede… o que quiere. Y el resultado es este caos silencioso donde siempre pierde el mismo: el ciudadano de a pie.
Por eso, hablar de regulación ya no es política, es sentido común. Hace falta poner orden. No para fastidiar a los vendedores como Ana, que bastante tienen con sobrevivir, sino para evitar que esto se convierta en un descontrol total.
Porque si nadie pone límites, los precios seguirán subiendo como si tuvieran alas. Y la gente, simplemente, se quedará abajo mirando.
Al final del día, Ana recoge su puesto. No vendió tanto como esperaba. Y no es porque falte madera… es porque falta algo más importante: equilibrio.
En Malabo, la madera sigue ahí. Lo que se está perdiendo es la posibilidad de usarla.
Y eso, poco a poco, se está convirtiendo en un problema serio. De los que no hacen ruido al principio… pero cuando explotan, ya es tarde