Caos y saturación en la llegada del buque Doña Cándida a Malabo

Pasajeros denuncian falta de información, aglomeraciones, escasez de asientos y condiciones deficientes durante las travesías marítimas.

‎La llegada del buque Doña Cándida, de la naviera Viteoca, al puerto de Malabo este sábado ha vuelto a dejar en evidencia un problema que ya no es puntual: el transporte marítimo de pasajeros en Guinea Ecuatorial sigue funcionando con aglomeraciones, información insuficiente y una organización que no está a la altura de las condiciones mínimas de respeto a las personas que viajan en estas navieras.

‎La escena en el acceso al buque lo resume. Familias con niños, mujeres, jóvenes y personas mayores esperan entre maletas, sin un flujo claro de embarque. No es un incidente aislado. Es el retrato de un servicio que trata al pasajero como un trámite, no como un ciudadano.

PAGAN, ESPERAN Y NO SABEN CUÁNDO ZARPAN NI CUÁNDO LLEGAN

‎Los billetes se sitúan, según los usuarios, en torno a 30.000 francos CFA en cubierta y pueden alcanzar los 45.000 en VIP, o más. Quien paga esa cantidad espera, como mínimo, un horario, unas condiciones claras y un embarque ordenado. Eso no ocurre.

‎“Cuando uno paga un billete espera saber cuándo va a embarcar y a qué hora será la llegada. Lo que no puede ocurrir es que el ciudadano llegue al puerto y tenga que buscarse la vida sin información suficiente”, denuncia un pasajero.

‎Varios viajeros aseguran que, entre esperas, embarque y travesía, el proceso puede superar las 24 horas. De noche y con mal tiempo, la incertidumbre se vuelve especialmente grave para bebés, ancianos y personas que necesitan asistencia.

‎“Aquí no viajan solamente jóvenes. Hay niños, mujeres y ancianos. Un adulto puede aguantar; un bebé o una persona mayor no debería pasar una noche entera en esas condiciones”, afirma una pasajera que pide anonimato.

‎Las quejas no terminan al atracar. La entrega del equipaje se convierte en otra aglomeración. Quien ha viajado horas termina el trayecto peleando otra vez por sus pertenencias.

EL PROBLEMA NO ES SOLO UN BARCO

‎Un tercer usuario pide que la cuestión salga del recinto portuario y llegue a quien tiene capacidad de decidir: “Pedimos que el Vicepresidente de la República y los responsables de estos servicios conozcan lo que está ocurriendo. No hablamos solamente del Doña Cándida. Hay otros barcos. Necesitamos que todos funcionen mejor”.

‎Tiene razón. Señalar a una sola empresa no basta. El fallo es de sistema: venta de billetes sin control real de aforo, ausencia de información previa, falta de protocolos para personas vulnerables y una cadena de embarque-desembarque-equipaje que no está diseñada para el volumen de viajeros de las rutas Malabo-Bata y las conexiones con Annobón.

QUÉ HAY QUE EXIGIR YA

‎Las autoridades competentes —Ministerio de Transportes,  y autoridades portuarias— y las navieras deben dejar de tratar estas quejas como ruido puntual. Hace falta intervención concreta:

  • Horarios de embarque y llegada publicados con antelación y actualizados si hay retraso.
  • Venta de billetes ajustada a la capacidad real del buque, no a la demanda del momento.
  • Colas y accesos separados, con prioridad para familias con bebés, personas mayores y pasajeros con movilidad reducida.
  • Información visible en puerto y a bordo: hora prevista, condiciones del viaje y punto de recogida de equipaje.
  • Inspección periódica de las condiciones a bordo y de la organización en tierra.
  • Canal oficial de reclamaciones, con respuesta y, si procede, compensación.

‎Pagar un pasaje no es comprar un cupo en una muchedumbre. Es contratar un servicio. Detrás de cada billete hay una persona, no una mercancía. Mientras las empresas no organicen el viaje y el Estado no vigile el servicio, el puerto seguirá siendo el mismo escenario: ciudadanos agolpados, pagando por un derecho que no se les garantiza.

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