El debate abierto en la Diócesis de Ebibeyin sobre la pérdida de la fe, las bendiciones, la brujería y la formación cristiana merece ser abordado desde la doctrina de la Iglesia, pero también desde la realidad pastoral de los fieles.
La apertura del Año Pastoral 2026-2027 en la Diócesis de Ebibeyin ha dejado un mensaje contundente de su Administrador Apostólico, Mons. Mbo Olinga, dirigido especialmente al clero y a los agentes pastorales.
Entre sus afirmaciones destaca su crítica a lo que denominó «bendiciones banales», considerando que algunas prácticas podrían terminar rebajando la gracia de los sacramentos a una especie de magia.
La preocupación pastoral es comprensible. La Iglesia no puede convertir la fe en superstición. Pero precisamente por la importancia del asunto, algunas de las afirmaciones merecen ser examinadas con mayor precisión teológica.
Porque aquí aparece una pregunta fundamental:
¿El problema son las bendiciones en sí mismas o la manera en que algunas personas pueden comprenderlas y utilizarlas?
BENDICIÓN NO ES MAGIA, PERO TAMPOCO ES UN SACRAMENTO
El primer punto que conviene aclarar es fundamental.
La Iglesia distingue entre sacramentos y sacramentales.
Los siete sacramentos —Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden y Matrimonio— son signos eficaces de la gracia instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia.
Las bendiciones, en cambio, pertenecen al ámbito de los sacramentales.
El Catecismo afirma que los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia y que las bendiciones ocupan entre ellos un lugar importante. Una bendición es, fundamentalmente, alabanza a Dios y oración para pedir sus dones.
Por tanto, decir que determinadas bendiciones pueden ser utilizadas de manera supersticiosa es teológicamente defendible.
Pero hay que evitar otra confusión: una bendición no se convierte automáticamente en magia porque sea sencilla, cotidiana o popular.
El propio Concilio Vaticano II enseña que los sacramentales santifican diferentes circunstancias de la vida y que incluso el uso legítimo de las cosas materiales puede orientarse a la santificación del ser humano y a la alabanza de Dios.
¿QUÉ DICE EL DERECHO CANÓNICO?
Aquí encontramos un elemento que debería formar parte de cualquier debate serio.
El Canon 1166 define los sacramentales como signos sagrados mediante los cuales se significan y se obtienen, por intercesión de la Iglesia, efectos principalmente espirituales.
Y el Canon 1169 §2 establece algo muy concreto:
«Cualquier presbítero puede impartir bendiciones», salvo aquellas reservadas al Romano Pontífice o a los obispos.
Por tanto, la cuestión no debería plantearse simplemente como:
“¿Por qué los sacerdotes dan tantas bendiciones?”
Sino:
¿Se están utilizando las bendiciones conforme a los libros litúrgicos y a la finalidad espiritual que la Iglesia les atribuye?
Porque el mismo Código exige observar diligentemente los ritos y fórmulas aprobados por la autoridad de la Iglesia.
Ahí está probablemente el verdadero debate.
EL PELIGRO REAL ES CONVERTIR LA FE EN SUPERSTICIÓN
En este punto, la advertencia de Mons. Mbo Olinga encuentra un fundamento muy claro en el Catecismo.
La Iglesia condena la superstición cuando se atribuye a determinados gestos religiosos una eficacia “mágica”, como si la simple realización material de una oración o signo produjera automáticamente un efecto.
El Catecismo, en el número 2111, advierte precisamente contra atribuir eficacia a las oraciones o signos sacramentales únicamente por su realización externa, sin las disposiciones interiores necesarias.
Por eso, bendecir no es hacer magia.
Pero tampoco puede convertirse la bendición en una especie de mecanismo automático:
“Me bendijeron, por tanto nada malo puede sucederme.”
“El sacerdote puso agua bendita, por tanto estoy protegido de todo.”
“Recibí determinada bendición, por tanto Dios está obligado a concederme lo que quiero.”
Eso sí sería una deformación de la fe.
PERO HAY OTRO PELIGRO: DESPRECIAR LA PIEDAD POPULAR
Y aquí es donde considero que el debate debe ir un paso más lejos.
La Iglesia no enseña que toda expresión popular de religiosidad sea ignorancia o superstición.
El papa Francisco, en Evangelii Gaudium, afirma que la piedad popular, cuando es fruto de la inculturación del Evangelio, posee una auténtica fuerza evangelizadora y que sus expresiones pueden constituir un “lugar teológico” que merece atención.
Esto es particularmente importante en África.
La respuesta pastoral no puede consistir simplemente en decir:
“Eso es superstición.”
Debe consistir en preguntar:
¿Qué entiende realmente este cristiano cuando pide esta bendición?
¿Qué miedo está expresando?
¿Qué esperanza está buscando?
¿Qué necesita que la Iglesia le explique?
La evangelización no consiste únicamente en corregir al pueblo. También consiste en escuchar, discernir, purificar y evangelizar la cultura.
¿Y LA BRUJERÍA?
El mensaje de Mons. Mbo Olinga también aborda la brujería, que califica como un fenómeno obsoleto y un drama del siglo XXI.
Aquí nuevamente hace falta una reflexión más profunda.
La Iglesia debe enseñar claramente la doctrina cristiana y evitar que los fieles atribuyan a fuerzas mágicas aquello que corresponde a Dios.
Pero el problema pastoral de determinadas creencias no desaparece simplemente calificándolas de “obsoletas”.
Si existen personas que realmente viven con miedo a la brujería, necesitan catequesis, acompañamiento pastoral y formación, no únicamente una condena.
Porque una persona que vive aterrorizada por una supuesta amenaza espiritual necesita comprender qué enseña realmente el cristianismo sobre Dios, Cristo, el mal, la libertad humana, el pecado, la oración y la esperanza.
EL PROBLEMA CENTRAL QUIZÁ SEA LA FORMACIÓN
Y aquí encontramos probablemente el aspecto más importante del discurso episcopal.
La Diócesis de Ebibeyin plantea como prioridad para el curso 2026-2027 la formación doctrinal mediante la catequesis.
Esa decisión merece respaldo.
Porque si un fiel no conoce su fe, cualquier práctica religiosa puede terminar mezclándose con tradiciones, temores, supersticiones o interpretaciones personales.
Y esto no afecta únicamente a los fieles.
También exige una formación permanente de sacerdotes, catequistas, religiosos, religiosas y agentes pastorales.
La pregunta debería ser:
¿Estamos formando cristianos capaces de distinguir entre fe, tradición cultural, piedad popular y superstición?
DE SAN AGUSTÍN A SANTO TOMÁS: LOS SIGNOS NO SON MAGIA
La tradición teológica católica lleva siglos reflexionando sobre esta cuestión.
San Agustín ayudó a desarrollar la comprensión cristiana de los signos sagrados, mientras que Santo Tomás de Aquino profundizó posteriormente en la naturaleza de los sacramentos como signos que comunican la gracia dentro de la economía de la salvación.
La tradición sacramental, por tanto, nunca ha entendido los signos cristianos como fórmulas mágicas.
La clave está en que el signo remite a Cristo y a la acción de Dios, no a un poder automático del objeto, del gesto o de la palabra.
El propio Vaticano II recuerda que los sacramentos y sacramentales reciben su fuerza del misterio pascual de Cristo.
LA CRÍTICA QUE DEBERÍAMOS HACER
Por eso, la cuestión no debería ser enfrentar al pueblo con sus sacerdotes.
Tampoco presentar la religiosidad popular como ignorancia.
Y mucho menos convertir una homilía pastoral en una condena generalizada de prácticas sin explicar cuáles son concretamente contrarias a la liturgia o a la doctrina.
La verdadera crítica debería ser otra:
Si existen “bendiciones banales”, hay que explicar cuáles son, por qué son banales, qué norma litúrgica incumplen y cuál debería ser la alternativa pastoral.
Eso permitiría pasar de la denuncia a la formación.
Porque decirle a un pueblo que está equivocado es relativamente fácil.
Enseñarle por qué está equivocado y acompañarlo hacia una fe más madura es mucho más difícil.
UNA IGLESIA QUE NECESITA FORMACIÓN, PERO TAMBIÉN ESCUCHA
El mensaje de Ebibeyin abre, en definitiva, un debate que Guinea Ecuatorial necesita abordar con serenidad.
La pérdida de fe, la secularización, la drogadicción, el éxodo rural, la soledad sacerdotal y determinadas creencias tradicionales son cuestiones pastorales complejas.
No se resuelven únicamente desde el púlpito.
Requieren catequesis, formación bíblica, formación litúrgica, acompañamiento psicológico y pastoral, trabajo con familias, jóvenes y comunidades, y una Iglesia capaz de dialogar con la cultura sin renunciar a su doctrina.
La Iglesia tiene una enorme tradición intelectual para hacerlo.
Y quizás el desafío del nuevo Año Pastoral no sea solamente decir a los fieles:
“No conviertan la fe en magia.”
Sino enseñarles, con paciencia:
“Esto es lo que creemos, esto es lo que celebramos, esto es lo que significa una bendición y esto es lo que diferencia nuestra fe de la superstición.”
Ahí comienza realmente la madurez cristiana.
Fuentes doctrinales consultadas:
Código de Derecho Canónico — Sacramentales, cánones 1166-1172
Catecismo de la Iglesia Católica — Sacramentales y bendiciones, nn. 1667-1679
Catecismo — Superstición, n. 2111
Concilio Vaticano II — Sacrosanctum Concilium, nn. 59-61
Papa Francisco — Evangelii Gaudium, especialmente nn. 122-126 sobre piedad popular e inculturación
