La jornada de este fin de semana 28 de febrero había comenzado como cualquier otra en una de las instalaciones vinculadas a TotalEnergies en Malabo. Nuestro equipo de trabajo de FarolEg pese al calor, denso desde primeras horas, envolvía el ambiente mientras los trabajadores se distribuían en sus puestos. Nada hacía prever que, en cuestión de minutos, la rutina daría paso a un episodio que hoy alimenta el malestar creciente entre la plantilla.
Según relatan varios empleados presentes, uno de los operarios empezó a sentir una fuerte irritación en las manos tras manipular materiales sin la protección adecuada. No llevaba guantes. Tampoco mascarilla. “Aquí trabajamos así casi todos los días”, comenta un compañero, aún visiblemente afectado por lo ocurrido.
El incidente no derivó en una tragedia mayor, pero sí en un aviso claro: la exposición constante sin equipos de protección individual (EPI) no es una hipótesis, sino una realidad cotidiana. Algunos trabajadores aseguran que los episodios de molestias respiratorias, irritaciones cutáneas e incluso pequeños accidentes son más frecuentes de lo que se reconoce oficialmente.
Lo ocurrido ese día no fue aislado, insisten. Es, más bien, la manifestación puntual de un problema estructural.
La escena contrasta con el discurso que TotalEnergies proyecta a nivel internacional: compromiso con la seguridad, estándares globales y desarrollo sostenible. En Guinea Ecuatorial, la empresa forma parte de uno de los motores económicos del país, y su presencia se asocia a inversión y empleo. Sin embargo, en el terreno, algunos trabajadores describen una realidad muy distinta.

“Nos piden cumplir con el trabajo, pero no nos dan lo básico para hacerlo con seguridad”, afirma otro empleado. El temor a represalias hace que la mayoría prefiera no dar su nombre, pero el mensaje es común: falta de equipos, supervisión limitada y una sensación de abandono.
Expertos en prevención de riesgos laborales advierten que la ausencia de guantes y mascarillas en entornos industriales puede tener consecuencias acumulativas: enfermedades profesionales, accidentes evitables y daños a largo plazo en la salud. En condiciones de calor y exposición continua, los riesgos se intensifican.
Mientras tanto, en Malabo, el incidente ha corrido de boca en boca entre los trabajadores. No como un hecho excepcional, sino como un reflejo más de su día a día.
La energía sigue fluyendo. Las operaciones no se detienen. Pero entre quienes sostienen esa actividad con su trabajo diario, crece una pregunta que ya no se susurra, sino que empieza a decirse en voz alta: ¿hasta cuándo?
