Santo Tomás de Aquino dedicó buena parte de su obra a cuestiones que, siglos después, continúan formando parte de nuestras preocupaciones: la felicidad, el bien, la voluntad y el amor.
Y quizá ahí encontremos una de las razones por las que su pensamiento sigue siendo actual.
Porque cambian los tiempos, cambian las tecnologías, cambian nuestras formas de vivir y comunicarnos, pero hay preguntas que permanecen.
¿Qué significa realmente ser feliz?
Como padre y como esposo, cada día comprendo un poco más que la felicidad no siempre se encuentra en aquello que hace ruido, ni en aquello que los demás pueden ver.
Y aquí quisiera detenerme especialmente en algo que, en nuestros tiempos, necesitamos recordar: el amor también exige sacrificios.
No todo es sencillo.
No todo es perfecto.
No todo es bonito.
Y, desde luego, no todo lo que vemos es color de rosa.
Hay fotografías que muestran sonrisas, pero no cuentan las noches difíciles.
Hay familias que parecen vivir en perfecta armonía, pero nadie conoce las conversaciones, preocupaciones, renuncias y esfuerzos que han tenido que superar para permanecer unidas.
Hay matrimonios que vemos felices, pero no conocemos las veces que uno tuvo que comprender al otro, perdonar, esperar, callar cuando era necesario o volver a empezar.
Eso también es amor.
El amor no es solamente sentimiento
El amor puede comenzar con un sentimiento, pero una familia se construye con decisiones.
Decidir permanecer.
Decidir cuidar.
Decidir escuchar.
Decidir perdonar.
Decidir comprender.
Decidir sacrificar algo propio por el bien de los demás.
Y eso no siempre resulta fácil.
Santo Tomás de Aquino nos invita a mirar el amor desde una perspectiva que supera el simple deseo de sentirnos bien. El amor verdadero está relacionado con querer el bien del otro.
Y querer el bien del otro algunas veces significa sacrificarse.
Significa renunciar a tener siempre la razón.
Significa aceptar que no todos los días tenemos la misma fuerza.
Significa acompañar cuando el otro está cansado.
Significa sostener cuando el otro no puede sostenerse solo.
Significa estar presente incluso cuando no hay aplausos.
Por eso, quien contempla solamente las apariencias puede pensar que una familia feliz es aquella en la que nunca existen problemas.
No.
Una familia feliz no es necesariamente una familia sin problemas.
Es una familia que aprende a enfrentarlos sin dejar de amarse.
El bien también se construye en casa
Hablar del bien es fácil cuando lo pensamos como una gran idea.
Practicarlo es diferente.
El bien empieza muchas veces en nuestra propia casa.
En la manera en que hablamos a nuestro esposo o esposa.
En la paciencia que tenemos con nuestros hijos.
En la capacidad de reconocer un error.
En pedir perdón.
En ayudar sin esperar que nos lo agradezcan.
En enseñar con el ejemplo aquello que queremos que nuestros hijos aprendan.
Porque los hijos escuchan nuestras palabras, pero también observan nuestras decisiones.
Y probablemente una de las mayores responsabilidades de un padre no sea solamente procurar que sus hijos tengan cosas, sino ayudarles a convertirse en buenas personas.
La voluntad de hacer lo correcto
La vida familiar también nos enseña que querer algo no siempre significa que sea bueno para nosotros.
Tenemos deseos, ambiciones, preocupaciones y proyectos.
Queremos avanzar.
Queremos mejorar nuestra situación.
Queremos que nuestros hijos tengan más oportunidades que nosotros.
Queremos alcanzar determinados objetivos.
Pero la voluntad necesita también dirección.
No todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.
No todo lo que deseamos nos hace bien.
Y no todo éxito merece el precio que algunas veces exige.
También aquí aparece el sacrificio.
Porque formar una familia significa aprender que ya no vivimos únicamente para nosotros mismos.
Hay decisiones que tomamos pensando en nuestros hijos.
Hay decisiones que tomamos pensando en nuestro esposo o esposa.
Y hay momentos en los que debemos colocar nuestras preferencias en segundo plano porque existe algo más importante: el bien de la familia.
Amar también es permanecer
Quizá sea aquí donde la reflexión adquiere su dimensión más humana.
El amor no consiste únicamente en decir “te quiero”.
El amor también es permanecer.
Es cuidar.
Es escuchar.
Es corregir cuando corresponde.
Es sacrificarse cuando hace falta.
Es compartir responsabilidades.
Es atravesar juntos los momentos que no aparecen en las fotografías.
Porque es fácil estar cuando todo funciona.
Lo verdaderamente importante se descubre cuando llegan las dificultades.
Cuando falta dinero.
Cuando aparecen preocupaciones.
Cuando uno enferma.
Cuando los hijos atraviesan una etapa complicada.
Cuando existen diferencias.
Cuando el cansancio pesa.
Cuando uno de los dos necesita más comprensión que palabras.
Ahí también se demuestra el amor.
Como esposo, uno aprende que amar también significa volver a elegir a la misma persona en los días buenos y en los días difíciles.
No porque todo sea perfecto, sino porque el compromiso tiene un valor que va más allá del estado de ánimo de un día determinado.
Como padre, uno descubre que amar es querer que los hijos vuelen algún día con sus propias alas, aunque una parte de nosotros quisiera protegerlos siempre.
No todo lo que vemos es la realidad completa
Vivimos en una época en la que muchas veces mostramos solamente nuestra mejor versión.
Publicamos la sonrisa.
La celebración.
El viaje.
La familia reunida.
El éxito.
Pero rara vez mostramos el sacrificio que existe detrás.
Y no hay nada malo en celebrar los momentos felices.
El problema aparece cuando comenzamos a comparar nuestra vida real con la vida aparentemente perfecta que otros muestran.
No debemos olvidar que detrás de muchas familias felices también existen lágrimas, sacrificios, conversaciones difíciles, perdones y segundas oportunidades.
La familia no se construye solamente con momentos extraordinarios.
Se construye también con miles de pequeños gestos cotidianos que nadie ve.
La felicidad no siempre hace ruido
La felicidad puede estar en volver a casa y encontrar a los tuyos.
En sentarse alrededor de una mesa.
En escuchar a un hijo contar algo que para nosotros puede parecer pequeño, pero que para él significa mucho.
En acompañar a la persona que amamos cuando las cosas no salen como esperábamos.
En trabajar, cumplir con nuestras responsabilidades y saber que, aunque no todo sea perfecto, estamos intentando hacer las cosas bien.
Hay felicidades que no necesitan público.
La felicidad de una familia que permanece unida.
La tranquilidad de tener la conciencia en paz.
La satisfacción de haber cumplido con el deber.
La alegría de ver crecer a nuestros hijos.
La compañía de quien comparte nuestra vida.
La fe que nos sostiene cuando no encontramos respuestas.
Quizá por eso las preguntas que ocuparon a Santo Tomás de Aquino siguen teniendo sentido.
Porque seguimos buscando la felicidad.
Seguimos intentando hacer el bien.
Seguimos luchando con nuestra voluntad.
Y seguimos necesitando amar y ser amados.
Ser padre y esposo también es una escuela
No pretendo hablar desde la perfección.
Ser padre y esposo es también aprender todos los días.
Uno se equivoca.
Uno se cansa.
Uno pierde la paciencia.
Uno tiene preocupaciones.
Uno también necesita ser comprendido.
Pero precisamente ahí está la belleza de la vida familiar: no somos perfectos, pero podemos aprender a amarnos en nuestra imperfección.
El verdadero amor no consiste en exigir una vida sin dificultades.
Consiste en aprender a caminar juntos cuando aparecen.
Y muchas veces el verdadero legado que dejamos no está en aquello que conseguimos acumular, sino en las personas que ayudamos a formar y en el amor que fuimos capaces de entregar.
Hoy, al recordar a Santo Tomás de Aquino, me quedo con estas cuatro palabras:
Felicidad. Bien. Voluntad. Amor.
Pero añadiría una quinta: Sacrificio.
Porque quizá no podamos comprender plenamente el amor si no entendemos también la capacidad de entregarnos por aquello y por aquellos que verdaderamente amamos.
La vida no es siempre sencilla.
El matrimonio no es siempre sencillo.
Ser padre no es siempre sencillo.
La familia no es siempre sencilla.
Pero que algo sea difícil no significa que no merezca la pena.
Por eso, antes de juzgar una familia por lo que vemos desde fuera, recordemos que cada hogar tiene una historia que desconocemos.
Y antes de pensar que nuestra propia familia debería ser perfecta, recordemos que ninguna familia vive permanentemente en color de rosa.
Lo importante es saber permanecer, corregir, perdonar, aprender y seguir caminando juntos.
Porque antes de querer cambiar el mundo, tenemos que aprender a cuidar nuestro pequeño mundo.
Nuestra familia.
Y quizá allí, en ese espacio cotidiano donde nadie nos aplaude y donde también existen sacrificios que nadie ve, sea donde realmente comienza una vida buena.