En Malabo, cuando cae la noche, las brasas empiezan a dominar muchas esquinas de la ciudad. El olor del pescado a la brasa, del pollo asado y de la carne de cebú o de costillas de cerdo, atrae a trabajadores cansados, taxistas, jóvenes que salen de fiesta y personas que regresan de bares después de varias cervezas.
Para muchos, parar en uno de estos puestos ya es parte de la rutina nocturna. Y hay que decirlo claro: la comida callejera ayuda a mucha gente a sobrevivir. Muchas madres y padres sacan adelante a sus familias vendiendo pescado, pollo o pinchos hasta altas horas de la madrugada. Además, esta comida forma parte de nuestra cultura y de nuestra manera de vivir. Comer alrededor de una parrilla, conversar y compartir un plato caliente sigue siendo algo muy nuestro.
Pero también hay una realidad que cada vez preocupa más y de la que casi nadie quiere hablar. En muchos puestos nocturnos de Malabo no existen las mínimas condiciones de higiene. Hay pescados que pasan horas enteras fuera del frío, carnes expuestas al polvo y al humo, utensilios sucios y alimentos manipulados sin ningún control sanitario. A veces basta acercarse un poco para ver moscas alrededor de la comida o aceite reutilizado demasiadas veces.
El mayor problema llega cuando la comida no se vende toda. Para no perder dinero, algunos vendedores vuelven a recalentar el pescado o el pollo la noche siguiente, aunque ya no estén en buen estado. El humo de las brasas y las especias muchas veces esconden el olor de alimentos que ya comenzaron a gastarse.
Y seamos sinceros: después de varias cervezas, mucha gente compra y come sin fijarse en nada. Lo importante en ese momento es llenar el estómago antes de ir a casa. Pero ese “último bocado de la noche” puede terminar en diarreas fuertes, vómitos, infecciones y otros problemas de salud bastante serios. Incluso enfermedades como la brucelosis pueden aparecer cuando la carne o el pescado no han sido bien conservados o cocinados.
Lo triste es que esto ya se ha vuelto normal. Mucha gente incluso dice: “eso no mata a nadie” o “siempre hemos comido así”. Pero la realidad es otra. Cada vez son más comunes las intoxicaciones alimentarias y los dolores estomacales después de comer en algunos puestos nocturnos.
Aquí no se trata de atacar a los vendedores. Muchos trabajan como pueden, sin agua potable constante, sin neveras y sin ayuda de nadie. El problema también es de las autoridades, que prácticamente han dejado crecer este negocio sin controles ni seguimiento sanitario.
¿Dónde están las inspecciones? ¿Dónde están las campañas de higiene? ¿Quién controla cómo se conserva la carne o el pescado que se vende cada madrugada?
Las instituciones responsables deben actuar antes de que ocurra una tragedia mayor. Hace falta formación para los vendedores, controles de higiene reales y condiciones mínimas para proteger tanto a quienes venden como a quienes consumen.
Pero la población también tiene responsabilidad. No podemos seguir comprando comida claramente dañada solo porque cuesta menos o porque tenemos hambre. La salud vale más que cualquier plato barato de madrugada.
Malabo puede seguir disfrutando de su comida callejera, de sus brasas y de su ambiente nocturno, pero hace falta más cuidado, más limpieza y más conciencia. Comer bien no debería convertirse en un riesgo para terminar enfermo al día siguiente.
Porque al final, detrás de cada parrilla no solo hay humo y hambre. También está la salud de toda una ciudad.
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