Los cortes recurrentes de electricidad en Malabo y otras ciudades del país vuelven a recordar una lección básica: estar preparados para cuando se apaga la luz.
Cuando cae la noche y el suministro se interrumpe, las calles se sumen en la oscuridad y en los hogares comienza la búsqueda improvisada de una linterna, una vela o cualquier fuente de luz. Detrás de cada apagón aparece otra realidad: hemos perdido, en buena medida, la cultura de la previsión que tenían nuestros mayores.
Hace años, quedarse sin luz no significaba paralizarse. En muchas casas había velas, lámparas de petróleo, linternas y antorchas listas. Era costumbre y previsión. Hoy gran parte de nuestra vida depende de la electricidad: teléfonos, comercios, electrodomésticos, estudio o incluso cocinar se complican cuando falla el suministro. Y, paradójicamente, muchas veces descubrimos que tampoco estábamos preparados para el apagón.
La tecnología ha facilitado la vida, pero ha creado una dependencia intensa. Podemos tener móviles de última generación y pantallas, y aún así buscar desesperadamente una fuente de luz. Tenemos más aparatos, pero menos herramientas básicas de supervivencia cotidiana.

La responsabilidad de un suministro estable corresponde a las instituciones. Los ciudadanos tienen derecho a un servicio fiable. Mientras se trabaja en mejorar la red, existe también una responsabilidad individual y familiar: prepararse. Un apagón puede durar minutos u horas. Cada hogar debería disponer de un mínimo: linterna con baterías de repuesto, bombilla o lámpara recargable, velas para emergencias puntuales y, cuando sea seguro, medios tradicionales de iluminación. No se trata de vivir esperando el próximo corte, sino de no permitir que la casa se vuelva completamente vulnerable.
En muchos poblados todavía se conserva esa cultura de previsión. Allí la linterna o la antorcha no son accesorios ocasionales, sino herramientas necesarias. Incluso allí surgen dificultades: conseguir baterías, mantener dispositivos cargados o sustituir material deteriorado. La previsión no consiste solo en comprar un objeto; también en mantenerlo útil.
La sensibilización ciudadana debe formar parte de la conversación. No sabemos cuándo llegará el próximo apagón, pero sí podemos decidir cómo nos encontrará. Una familia preparada reduce riesgos de caídas, accidentes domésticos y problemas en la calle o en pequeños negocios, especialmente con niños, mayores o personas con movilidad reducida.
Recuperar la previsión no significa miedo ni rechazo a la modernidad. Significa responsabilidad. Tener una linterna lista o unas velas no es vivir en el pasado: es reconocer que ninguna tecnología funciona al margen de las circunstancias. La electricidad puede fallar, el teléfono quedarse sin batería, una tormenta afectar la red.

Los apagones pueden seguir siendo una realidad. No tenemos por qué afrontarlos con las manos vacías. Prepararse hoy es evitar lamentarse mañana.
